China, que durante años fue el mayor comprador de petróleo venezolano y uno de los pilares económicos del gobierno de Nicolás Maduro, enfrenta un futuro incierto con el desplome de la antigua relación energética tras recientes acontecimientos políticos en Venezuela y la reorientación de los mercados globales.
Históricamente, Pekín se consolidó como el principal destino de las exportaciones de crudo venezolano, especialmente después de que las sanciones estadounidenses impulsaran a China a importar grandes volúmenes de petróleo a precios rebajados y a través de refinadores independientes conocidos como “teapots”. Sin embargo, la captura del expresidente Maduro por fuerzas estadounidenses y la intención declarada por el gobierno de Estados Unidos de asumir el control de la industria petrolera venezolana han alterado significativamente ese panorama.
El efecto inmediato de estos cambios ha sido la disminución de los flujos de petróleo desde Venezuela hacia China. Según datos recientes, las importaciones venezolanas representaron alrededor de 4 % de las compras chinas de crudo en 2025, un volumen importante para las refinerías independientes pero relativamente modesto en el conjunto de la demanda energética de Pekín. Además, existe la expectativa de que parte de los cargamentos originalmente destinados a China puedan ser redirigidos hacia Estados Unidos bajo acuerdos bilaterales, lo que presiona aún más la dependencia del mercado asiático.
Aunque China continúa siendo un socio comercial e inversionista importante, con empresas que han invertido miles de millones de dólares en la industria petrolera venezolana desde 2016, el cambio abrupto en el control y la política energética plantea interrogantes sobre el futuro de esos compromisos.
Analistas señalan que Pekín no es probable que reaccione con confrontación militar, sino que buscará proteger sus intereses mediante mecanismos diplomáticos y económicos, mientras evalúa otras fuentes de suministro energético para compensar la disminución de crudo venezolano.
La reciente reconfiguración del comercio petrolero venezolano representa un giro notable en la geopolítica energética latinoamericana y un desafío para la estrategia de largo plazo de China en la región.

